* Volví a retomar las correcciones de la novela
* Me encontré en la puerta del Nike con dos personas que jamás habría imaginado y a las que llevaba meses sin ver
* Me reí hasta tener agujetas mientras cantaba las Mama Chicho y un camarero con peluca se subía a una silla
* Me comí una hamburguesa para celebrar San Valentín
* Vi una obra de teatro que me hizo llorar
* Le grité a una compañera después de que ella me gritara y luego nos dimos un abrazo
* Tuve una presentación con un posible nuevo cliente y ni siquiera me puse nervioso
* Vi varios capítulos de Friends
* Me dijeron que estoy muy guapo y que si es que tengo más sexo últimamente
* Puse el pijama en el radiador para que estuviera calentito después de la ducha
* Vi la cara de Mónica mientras veía el vídeo que le hicimos por su boda
* Supe que todo había salido bien en el quirófano
* Fue el cumpleaños de mi madre y le gustaron los regalos
* Lo primero que ví al despertar fue el corto que aquí os pongo (’El ataque de las naranjas homófobas‘)
* Acabo de pedir un bocata de lomo, queso y pimientos y sé que eso me va a dar más felicidad
* toca y me sale de las pelotas. Que ya era hora.
Este año como auto regalo para San Valentín, me he comprado una —mi primera— moleskine. La idea es llevarla conmigo el máximo de tiempo posible y escribir en ella absolutamente todo lo que se me ocurra. La única norma es la libertad total y poner la fecha en la que escribo cada cosa.
Prácticamente a diario escribo pensamientos en Facebook, Twitter y también en este blog. Pensamientos que acaban siendo públicos y que, por mucho que intente evitarlo, tienen el filtro de lo permitido de cara a los demás.
Este cuaderno será para mí, privado y sólo el primero de muchos. Ah y ya tiene dos páginas escritas…
Tras años de experiencia comprendí que, en un intento desesperado por que alguien nos prepare palomitas en el microondas, nos aferramos a cualquier cosa que se parezca al amor. Y no sólo no basta con clavarle las uñas con fuerza para que no se escape, sino que también lo zarandeamos al comprobar que de amor no tiene nada.
Pero ay amigo, ya no hay vuelta atrás… Cambiaste con demasiada premura tu situación sentimental en Facebook. Ahora ya eres víctima de tu propia ansia de palomitas. Quizás vomitar sí que sea una opción.
Últimamente he oído por diferentes vías que hay que trabajar en aquello que realmente te apasiona y te gusta en la vida. Lo cierto es que yo no me puedo quejar. De una forma u otra, vivo de escribir, que es de lo que mejor sé hacer y más me divierte.
Pero pensando en lo que realmente nos apasiona a todos y en lo que más minutos mentales le dedicamos al día, no puedo evitar preguntarme cuántos de los aquí presentes nos dedicaríamos al porno si dejáramos los prejuicios a un lado.
El sexo vende, queridas. Vende y mucho. Si no que se lo digan a este mi blog y su aumento de visitas cuando pongo carne fresca. Ay la carne… ¿Me pone cuarto y mitad? Y en lonchas finas, por favor.
De vuelta de La Latina, un señor de barba blanca y palidez propia de un muerto se pone a vomitar en el metro. El hombre que va sentado a su lado se va hasta la otra punta del vagón donde sigue comiendo pipas. Yo me limito a desviar mi mirada al suelo hasta que llego a las zapatillas doradas de una chica que lee un libro cuyo título no consigo distinguir.
Y pienso. Pienso en que, como un bocadillo de lomo, queso y pimientos, he empezado y terminado la tarde con un me alegro mucho de verte. Dos me alegro mucho de verte en total, ambos de personas que llevaba meses sin ver, que en las últimas semanas se habían cruzado por mi mente y que, para qué engañarnos, sabía que me iba a topar.
Esta semana se me ha aparecido hasta en tres ocasiones el fantasma de las navidades pasadas. Sólo me ha faltado una vez más, pero eso ya habría sido demasiado, porque es la única que realmente me habría dejado K.O. Lo demás no deja de ser una confirmación de que cualquier tiempo pasado nunca fue mejor, de que hay capítulos de mi vida que tengo completamente cerrados y de que los domingos en La Latina son totalmente imprevisibles.
Me estaba atando el cinturón del albornoz, cuando el teléfono empezó a sonar.
¿Como que quién soy? Pues tu argentino favorito…
Y yo que ni por esas sabía quién era, me fui en un momento hasta Panamá y pensé en Agustín. Pero no. Un soy Hugo me trajo de nuevo a la habitación para terminar de atarme el cinturón del albornoz y responder un ah, vale, más por cortesía que por entusiasmo.
A los 14 segundos de conversación ya me había preguntado si tenía novio y yo, que ni se me pasó por la mente mentirle, le dije que no con toda la tranquilidad que da sentirse en uno de los mejores momentos de la vida.
Una vez terminada la charla breve y poco intensa y ya sin albornoz y con el agua de la ducha cayendo por el vientre, recordé cómo sonreía en la pecera de Diario Latigazo cuando le llamaba por teléfono aquel mes de julio de hace ya tanto tiempo. Recordé a Carolina intentando sonsacarme si estaba enamorado y recordé también lo mucho que dolió.
Recordé pero no sentí. Nada. Ni sonrisa. Ni dolor. Ni rencor. Nada. Sólo el bienestar de saber que no soy el mismo de hace unos años y de que mi argentino favorito ya no es ni mío ni favorito. Es simplemente pasado. Un pasado que ya no puede volver.
Cuando la joven rumana me preguntó, con un perfecto acento vallecano, si quería que me quitara las cutículas, pensé que al decir que sí, ella creería que soy maricón.
Acto seguido y aún con los dedos en remojo, me di cuenta de que es precisamente eso lo que soy.
Éste ha sido el año de la crisis, de montar en avión seis veces, de enamorarme de Londres, de afianzar algunas amistades y de perder otras, de terminar mi primera novela, de no saber vivir sin iPhone, de pedir ayuda cuando ha sido necesario, de defender lo que pienso, de defender lo que siento, de follar sin compromiso, de comprometerme conmigo, de llorar menos, de reír más, de lamer pezones fríos, de morder orejas calientes y de no rascarme por la varicela.
Este ha sido un gran año. Y lo mejor es que no es nada comparado con lo que está por venir.
En un rato empieza la Navidad en mi oficina. Amigo invisible (con cava), comida de empresa (con vino), copas de media tarde (con ron), margaritas de media tarde más tarde que media (con tequila), cena informal (con vino again) y copas de media noche (con ron otra vez). Eso sí, a las nueve y media de la mañana cogeré el tren hacia Linares (vomitando, supongo).
Vamos, que el día se presenta movidito y alcoholizado… Y todo por olvidar el regalo que me caiga en el amigo invisible que, por lo general, suele ser de traca. Aunque estoy por empezar a beber ya, para así poner cara de “¡Ummmm, cuánto me gusta!”.
Resumiendo, que me voy a pasar la resaca con la familia, que ya tengo el 95% de sus regalos comprados y que, además de los materiales, hay uno que no se esperan y que sé que les va a encantar. Y no, no llevo un novio metido en la maleta. Ni a Darek tampoco.
Pues eso, que Feliz Navidad para todos los seguidores de Diario Latigazo. Y amiguitos, no beban mucho, que el alcohol… MATA.