Antes quería ser princesa. Una de esas frágiles con vestidos preciosos que esperan el cabalgar de su príncipe para ser feliz y se atusan el pelo mientras los pajarillos se le posan en los dedos.
Pero pelo me queda cada vez menos y los parajillos me gustan fritos y en arroz. Y en el caso de ser princesa sería de esas que le dicen a su príncipe cariño, déjame hablar delante de las cámaras.
Quería ser princesa, pero ya no. Es mucho mejor ser Carla Bruni.
Hace mucho que tomé la decisión de permanecer callado, pero anoche rompí ese pacto sellado conmigo mismo y, entre música y ron, vomité todo lo que siento.
A pesar de que ni en un sólo momento he dejado de caminar hacia delante, sí que lo he hecho un poco más lento de lo que yo mismo me exijo. La muerte convirtió en grande lo que tenía que haber sido una historia más.
Ese es el matíz. Eso es lo que hace que no se trate sólo de pasar página. Porque no es cuestión de hacerlo. Se trata de que un día deje de doler. Y ya.
Sé que el día llegará. Sé que será pronto. De momento, toca seguir aprendiendo como lo he hecho hasta ahora sobreponiéndome al nudo en el pecho que en determinados momentos, cada vez menos, me asfixia.
Me gusta el hombre en el que me estoy convirtiendo. Es mucho más de lo que siempre quise ser de mayor. Y eso me da fuerzas para pelear contra lo que haga falta.
Anoche llegó un nuevo Pequeño Pony a mi vida. Es blanco con el pelo morado y un cuerno lleno de brillantina. Se llama Sweetie Belle. Eso pone en la cajeta. Íbamos a ponerle otro nombre, una cosa más personal, pero luego entre las copas, bailar el hula-hop y llorar un rato en el baño, no tuvimos tiempo.
Llorar es una de las cosas más elegantes que se puede hacer en el baño de una discoteca. Creo que es el único sitio donde lo hago desde hace mucho tiempo. También hacía mucho tiempo que no lloraba. Pero tiene su gracia. Echas el pestillo, lloras, te limpias, quitas el pestillo y sales sonriendo de nuevo.
It’s my party and I’ll cry if I want to. Y era mi fiesta y lloré. Básicamente porque me salió de los cojones. Hoy, para compensar, y ante la atenta mirada de Sweetie Belle, saltaré desnudo por mi habitación emulando a Brenda. Hasta es posible que me anime a bailar el hula-hop. Desnudo también, por supuesto. O con calcentines. Eso no lo tengo aún decidido…
Mi sobrino, el pequeño, recibió el domingo la primera Wii. Bueno, lo que recibió fue la primera comunión, pero lo que a él le hacía ilusión era la Wii. Y normal, la Wii es mucho más divertida. Ni punto de comparación.
Mientras le enfocaba con la videocámara desde la zona destinada a los titos con videocámara, justo detrás de las catequistas, caí en la cuenta de que hacía ya 19 años que yo, en esa misma iglesia, había recibido la primera comunión. Que no la primera Wii. Por entonces, te conformabas con el Tetris.
Y me dio un ataque de tos. Sí, por la alergia, pero lo de los 19 años también tuvo que ver. Y también que me dio la risa. Porque claro, es bastante cómico ver cómo el cura se empeñaba en explicar lo que era el amor utilizando como ejemplo la transmisión de electricidad desde una central eólica hasta una regleta de enchufes. Un ejemplo que nadie entendió. Normal, quedó clarísimo que la Iglesia sabe bastante poco de amor.
Lo que sí sabe la Iglesia es apuntarse al carro de las nuevas tecnologías. Así que allí estaba un señor de unos 70 años, supongo que marido de alguna de las catequistas, con un portátil, proyectando las diapositivas de una presentación Powerpoint con todas las oraciones, cánticos y diálogos de la misa.
Todo un alarde de modernidad. Lo mismo lo próximo es aceptar a los maricones en su seno. Y que nos den todo ese amor del que hablan. Y que nos incluyan en eso de la central eólica. Y que nos regalen una Wii. Vete tú a saber…