Es fácil, muy fácil, identificar cuándo una obra es de calidad. Sobre todo entre aquellos que nos dedicamos a plasmar momentos en letras, en colores, en sonidos o en imágenes.
Se trata de la envidia. Pero no me refiero a la manida y falsa envidia sana. La envidia es envidia y es absurdo adornarla con adjetivos políticamente correctos.
Si al leer un texto, observar un cuadro, escuchar una canción o ver una película sientes la más asquerosa de las envidias, no lo dudes, amigo, estás ante una obra de calidad. Y cuanto más asquerosa sea la primera, mayor será el nivel alcanzado por la segunda.
Eso me ha pasado hoy con la película ‘A single man‘, en la que Tom Ford ha hecho un trabajo excelente como director. Solo con el comienzo ya he sentido una punzada en las encías. Punzada de envidia, que nadie se vaya a equivocar.
Porque la envidia, queridos, es tan humana como el respirar y, en realidad, ningún daño hace al prójimo. Lo que sí perjudica es no saber gestionarla y cambiar el reconocimiento por el intento de sabotaje. O por el intento de humillación. O por el intento de desmerecer.
Tom Ford está que se sale. Y Colin Firth. Y Matthew Goode. Y Julianne Moore. Por cierto, ¿hay algo más maravilloso en el mundo que Julianne Moore?
Esta es otra película que se convierte desde ya en un must en mi vida y que va a ir directa a mi estantería. Ah, y la novela. Me la apunto también como lectura pendiente.
Somos los más grandes. Sí, sí. Por si alguien lo dudaba.
Estos días me alegro más de lo normal de vivir en Madrid. De haber recorrido Cibeles y Gran Vía y Sol y de ver todo lleno de rojo y amarillo. De ese rojo y amarillo que tanto nos cuesta lucir con orgullo.
Y el beso. ¡Ay el beso! ¡Yo quiero un beso así! Vamos, que me pongo tontísimo del todo cada vez que lo veo.
¡Felicidades a todos!
Y a ver si mi futuro marido viene a celebrarlo conmigo…
No soy yo muy de tomar café, pero después de ver este anuncio me voy a aficionar bastante más.
Se trata de la campaña para el shakerato de Lavazza que, si en vuestra casa solo habéis visto el Marcilla de toda la vida, imagino que os sonará de poco. En cualquier caso, el señor cafetero del anuncio merece bastante la pena.
Ea, pues parece ser que Lost se ha terminado con un último episodio que muchos califican de “momento histórico”. Vamos, que ha debido ser así como cuando el hombre llegó a la luna, pero en serie. Y digo debe ser, porque no he visto nada de las seis temporadas.
Bueno, miento. Recuerdo que hace años, estando de visita en Málaga, vi algún trozo de los primeros capítulos. Recuerdo que solo había gente sucia andando entre matorrales y que hablaban más bien poco. Me aburrí como con pocas series.
Después he escuchado y leído de todo, pero aún así, lo único que sé es que la gente iba y venía en unos flashbacks que nadie entendía, que había un humo negro, que había tíos que vestían monos blancos y que el prota está muy muy muy bueno. Y ahora parece ser que todos estaban muertos. Parece ser, porque resulta que aquí nadie tiene claro lo que ha pasado.
Sinceramente, puedo pasarme una hora y media de película para que la conclusión sea que todos están muertos (véase Los Otros), pero estar seis años… Vamos hombre. ¡A mamarla!
En fin, ahora que ya está toda la serie y que en un par de meses me la podría ventilar, lo mismo me da el punto de verla. Aunque no aseguro nada. Pereza total. Lo mismo luego cambio de opinión y me vuelvo un talifan. Cosas más raras se habrían visto.
Cuando vives en Madrid corres el riesgo de pensar que no hay nada más allá de esta ciudad. Desde que llegué a ella no me costó trabajo adaptarme. Nunca me sentí un extraño, ni un visitante. Simplemente pegué un salto hacia la rutina y empecé a andar por las calles como si siempre lo hubiese hecho.
Un día, hace ya tiempo, me descubrí pensando que Madrid era el mejor sitio de España donde se podría vivir. Lo pensaba de forma totalmente convencida. ¿Cómo a alguien puede no gustarle caminar por la Gran Vía, tener a mano museos, espectáculos y otras miles de cosas por ver y hacer? ¿Cómo un gay puede vivir lejos de Chueca?
Juro que lo pensaba de forma totalmente convencida. Pero de un tiempo para acá he empezado a atravesar el espejo. Empiezo a pensar que vivir en un pequeño pueblo de costa, en medio de un parque nacional o, simplemente, en una capital más pequeña, merece mucho más la pena que todas las Chuecas del mundo juntas.
No planeo mudarme. Al menos no de momento. Pero me alegro de desterrar de mí esa visión madridcentrista. Y aunque me sigue encantando Madrid y vivir aquí y todas las opciones de las que dispongo, me temo que se quiere mucho más si solo se viene de visita.
Y finalmente, Stranger y yo partimos el viernes rumbo a Berlín, en lo que fue un viaje de cuatro días y del que no sabría bien qué destacar. Desde mi vuelta, me han preguntado en varias ocasiones eso de “¿Qué te ha gustado más?” y lo cierto es que sólo acierto a titubear.
Creo que es imposible que hubiésemos podido aprovechar mejor nuestra estancia en la capital alemana. No paramos ni un segundo de visitar lugares, de caminar empapándonos de sus calles y también de la lluvia, de reirnos y de comer. Sobre todo, de comer. Un diez para la comida alemana. ¡Vivan las salchichas!
El Reichstag, el Tiergarten, Alexanderplatz, el Monumento a las Víctimas del Holocausto, los restos del Muro de Berlín… Todo merece mucho la pena.
Pero supongo que cuando pasen los años y recordemos nuestro viaje, lo primero que nos vendrá a la mente serán las lesbianas que spoileaban Lost, aquella china del vestido azul y la gabardina con manga al codo, el hombre del parche en el ojo del que me enamoré locamente, el garito de las paredes de peluche rosa, el camello que nos ofreció todo lo ofrecible, la noche que nos perdimos entre la oscuridad de un Berlín desierto, el joven de la Cafetería Einstein que iba con su morito apadrinado y del que también me enamoré locamente, la caminata nocturna rumbo a Panorama y el desayuno en el concesionario de la Mercedes, que bien nos sirvió de comida.
Y por si lo olvidamos, aquí queda escrito. Aquí, en la moleskine que compré expresamente para el viaje y en los cientos y cientos de fotos que tenemos.
Al margen de eso, me quedo también con las caras de cada uno de los berlineses en los que me fijé. Caras que me hicieron pensar en todas las tragedias vividas en Alemania en el siglo pasado y en la capacidad de recuperación, superación e, incluso, de sonrisa de todo un pueblo. De todo un pueblo y también de los hot chocolates. Y si ellos sonríen después de todo lo vivido, no sé porqué no vamos a poder hacerlo todos los demás. En definitiva, unas paredes de peluche rosa siempre son motivo para sonreír…
Mi sobrino, el pequeño, recibió el domingo la primera Wii. Bueno, lo que recibió fue la primera comunión, pero lo que a él le hacía ilusión era la Wii. Y normal, la Wii es mucho más divertida. Ni punto de comparación.
Mientras le enfocaba con la videocámara desde la zona destinada a los titos con videocámara, justo detrás de las catequistas, caí en la cuenta de que hacía ya 19 años que yo, en esa misma iglesia, había recibido la primera comunión. Que no la primera Wii. Por entonces, te conformabas con el Tetris.
Y me dio un ataque de tos. Sí, por la alergia, pero lo de los 19 años también tuvo que ver. Y también que me dio la risa. Porque claro, es bastante cómico ver cómo el cura se empeñaba en explicar lo que era el amor utilizando como ejemplo la transmisión de electricidad desde una central eólica hasta una regleta de enchufes. Un ejemplo que nadie entendió. Normal, quedó clarísimo que la Iglesia sabe bastante poco de amor.
Lo que sí sabe la Iglesia es apuntarse al carro de las nuevas tecnologías. Así que allí estaba un señor de unos 70 años, supongo que marido de alguna de las catequistas, con un portátil, proyectando las diapositivas de una presentación Powerpoint con todas las oraciones, cánticos y diálogos de la misa.
Todo un alarde de modernidad. Lo mismo lo próximo es aceptar a los maricones en su seno. Y que nos den todo ese amor del que hablan. Y que nos incluyan en eso de la central eólica. Y que nos regalen una Wii. Vete tú a saber…
Después de muchos años, esta mañana, cuando iba en el metro, me vino a la nariz el olor del primer hombre con el que me acosté.
Es curioso, porque por mucho que me esfuerzo, no recuerdo su cara. Tampoco su nombre.
Sí recuerdo que fue algo rápido, que sus besos no terminaban de gustarme, que la tenía pequeña y demasiado pelo en el pecho. También recuerdo que salí corriendo, que me puse la camiseta del revés y que estuve más tiempo del necesario debajo de la ducha.