Algunos domingos por la tarde, retiro la mesa central del salón y bailo el hula-hoop en calzoncillos. Blancos, a ser posible.
Me puedo pasar horas y horas haciéndolo. O quizás solo algunos minutos. Lo importante es reírse mucho mientras tanto. Y no pensar en nada más. Ni siquiera en el aro. Ni en la cintura. Ni en los calzoncillos.
Se trata simplemente de girar y girar y girar y girar…
Y girar.
Como si la muerte estuviese a la vuelta de la esquina.
A partir de ahora mi único complemento para salir a la calle va a ser un pulpo. A ver si él tiene mejor criterio que yo para seleccionarme los hombres.
Así que si un día estás por ahí y un tentáculo se te enreda en la entrepierna, no te asustes… Es que has sido elegido.
No soy yo muy de tomar café, pero después de ver este anuncio me voy a aficionar bastante más.
Se trata de la campaña para el shakerato de Lavazza que, si en vuestra casa solo habéis visto el Marcilla de toda la vida, imagino que os sonará de poco. En cualquier caso, el señor cafetero del anuncio merece bastante la pena.
No sé qué tiene el mes de junio, que me encanta. Bueno, miento, sí que lo sé…
Durante muchos años fue el mes en el que ya no había cole por la tarde, en el que empezaban las vacaciones de verano, en el que se sacaban los pantalones cortos del armario, en el que se acababa la alergia, en el que se empezaba a dormir con la ventana abierta y en el que llegaba mi cumpleaños.
Ahora, con la edad adulta y el cambio climático, trabajo por la tarde hasta final de mes, no tengo vacaciones hasta que mi jefa lo disponga, no puedo llevar pantalones cortos a trabajar, la alergia llega hasta mediados de mes, tengo la ventana cerrada a cal y canto y mi cumpleaños… Mi cumpleaños sigue llegando.
A pesar de los cambios, junio todavía me encanta. Mucho. Será que al final lo único que me gusta es mi cumpleaños y sentirme especial ese día y que todo el mundo me llame y que me hagan regalos y que me deseen cosas buenas.
Así que venga, a ponerse las pilas y a ser originales… ¡que este año tengo el egocentrismo por las nubes!
Parece ser que la depilación masculina vuelve a estar totalmente pasada de moda. Cada vez somos más y más los gays que nos ponemos super cerdas con preferimos que el vello se quede en su sitio. Sobre todo, cuando de barbas, bigotes o perillas se trata.
A través de CainQ, me ha llegado este enlace con diferentes modelazos que, gracias al Photoshop, podemos verlos con y sin vello. Yo tengo clarísimo con cuál me quedaría en cada caso. Creo que no hace falta especificar…
¿Será que me estoy osizando? Y vosotros, ¿qué preferís?
El sábado, así como el no quiere la cosa, empecé a hablar con mis amigos de cuando me case. Y normal, porque durante toda la semana, la boda de Tony Tornado ha sido el tema principal de las noticias de mi Facebook y de mi lector de blogs.
Total, que con dos copas en el cuerpo, empecé a decir así de forma contundente que para finales de 2011 me caso. Me puse a organizar en mi cabeza quien leerá, quien repartirá los cigarros, quien se encargará de las fotos y la canción que abrirá el baile.
Ahora solo me queda tener novio. Aunque empiezo a pensar que esa es la parte que menos importa.
Aún no había contado vía blog que mañana me voy a la tierra de las grandes salchichas, del muro caído, de las palabras impronunciables, del resurgir entre las cenizas… En fin, que mañana viajo a Berlín, donde estaré hasta el martes.
Últimamente he oído por diferentes vías que hay que trabajar en aquello que realmente te apasiona y te gusta en la vida. Lo cierto es que yo no me puedo quejar. De una forma u otra, vivo de escribir, que es de lo que mejor sé hacer y más me divierte.
Pero pensando en lo que realmente nos apasiona a todos y en lo que más minutos mentales le dedicamos al día, no puedo evitar preguntarme cuántos de los aquí presentes nos dedicaríamos al porno si dejáramos los prejuicios a un lado.
El sexo vende, queridas. Vende y mucho. Si no que se lo digan a este mi blog y su aumento de visitas cuando pongo carne fresca. Ay la carne… ¿Me pone cuarto y mitad? Y en lonchas finas, por favor.
Cuando la joven rumana me preguntó, con un perfecto acento vallecano, si quería que me quitara las cutículas, pensé que al decir que sí, ella creería que soy maricón.
Acto seguido y aún con los dedos en remojo, me di cuenta de que es precisamente eso lo que soy.