Sábado… A pesar del cansancio acumulado, me he levantado sobre las nueve y media de la mañana. Tengo que entregar un trabajo de clase el viernes y anoche dormí mal y poco. Mi humor no es el mejor. Todavía estoy en pijama y bata. Barba de varios días…
Oigo llover con fuerza. Amaneció soleado, pero ahora chocan miles de gotas contra la persiana de mi ventana. Mi cabeza da mil vueltas a mil temas. Soy demasiado complicado, demasiado responsable, demasiado contradictorio… Y ahora sé que he leído demasiados cuentos de hadas, que he idealizado demasiadas cosas y que la vida, con todo lo que ello conlleva, no es ningún jardín de rosas.
Mi chico está de vacaciones en su tierra de origen. Llega esta noche. Ganas de besarle, de abrazarle, de tocarle, de que me cuente mil cosas… ¿Miedos? Muchos también. Y ahí está mi problema… No sé cómo cojones dejar de pensar, apartar mis miedos y disfrutar de todo sin pensar en nada más.
Soy demasiado complicado…
Todo sería diferente…
Cuando acabé la carrera en junio de 2003 decidí quedarme en Málaga para hacer el doctorado. Fue en ese verano en el que conté por primera vez a alguien que era homosexual. En septiembre regresé a la capital de la Costa del Sol. Me fui a compartir piso con Esa Rubia y con Ruri. Aunque no lo tenía planeado así, no tardé mucho tiempo en contarle a las dos que era gay.
Eso sí, aún no he tenido el valor suficiente de hablarle a mi familia sobre mi verdadera condición sexual. Ellos aún esperan que cualquier día les presente a la que será la mujer de mi vida.
Un par de años después de tomar la decisión de quedarme en Málaga, en una noche de junio, me crucé con él por primera vez. Tenía unos diez años más que yo. Me miró desde lejos en la discoteca y se acercó para hablar conmigo. Él estaba tan borracho que no fui capaz de deducir que era argentino. Empezamos a quedar a diario y a los tres días me pidió que fueramos algo más que amigos. Todo iba aparentemente bien hasta que un mes después le encontré en el baño de su casa esnifando un polvito blanco… Salí de su piso y tras de mí cerré una puerta que no iba a volverse a abrir jamás.
Encontré un trabajo muy bueno en Málaga como jefe de prensa de uno de los hoteles más importantes de la ciudad. Agenda apretada, portátil saturado de e-mails, móvil de trabajo… Viajes…
El pasado 3 de febrero tuve que trasladarme a Madrid para una convención en el hotel principal de la cadena. Bajé de mi avión en la T2. Sólo quedaba un taxi. Corrí para cogerlo y justo cuando fui a abrir la puerta del automóvil, otra mano agarró el tirador. Allí estaba él. Moreno de piel y cabello, ojos grandes, labios gruesos, alto, esbelto… Y un acento canario que me envolvió y me obligó a quedarme a su lado. ¿Compartimos?, me dijo. De acuerdo, le contesté…
A veces me pregunto cuánto de diferente sería mi vida si me hubiera quedado en Málaga tras acabar la carrera. Lo que está claro es que si en esa historia alternativa no hubiera encontrado a mi canario, me alegro de no haberla vivido…
PD: Muchas gracias a todos los que seguís comentándome y disculpad si no visito vuestros blogs. No tengo tiempo casi ni para actualizar el mío. Aún así, trataré de seguiros en los ratitos que tenga.
El domingo me rapé. Yo mismo, con mi mecanismo y mi maquinilla de cortar pelo… Un digno número tres. ¿Problema? Mi alopecia empieza a acusarse más de la cuenta en la zona de la coronilla… Y no, no se admiten bromas de ningún tipo.
El caso es que los pelos de esa parte nombrada de la cabeza han decidido irse cada uno para un lado. Son cuatro y, al parecer, no se llevan nada bien. El caso es que el domingo quedaron esos cuatro pelos más largos que el resto porque cada uno miraba hacia donde le daba la gana.
Miércoles por la mañana. Antes de ducharme, decido volver a pasar la maquinilla por la zona para igualar. Lo hago en un par de ocasiones y cuando creía que todo estaba parejo, guardo el utensilio en su caja. Vuelvo a pasar mi mano por la coronilla y resulta que ahí siguen… Mis cuatro pelos siguen ahí, erectos, rebeldes, sin ánimo alguno de perder su superioridad.
Y la lucha continúa… Cojo de nuevo la maquinilla y bruuuuuuuuuuuu, ¡a cortar! “Uy, cuanto pelo cae de aquí… ¡Mierda! La dejé en el número uno…”. Sí queridos amigos… Me equivoqué… Pasé de un digno número tres a un casi indecente número uno. Ahora, me parezco mucho más a Friedrick Ljungberg… Soy igualito si no fuera por la cara, el cuerpazo, esos abdominales… Pero por lo demás, calcadito.
¿Lo triste? Mis cuatro pelos erectos siguen ahí… Ni el uno pudo con ellos… Pero aún desconocen que, aunque tenga que afeitarme la cabeza, esos pelos acabarán doblegados. ¡Palabra de castigador!