Estaba escribiendo en mi Macbook tranquilamente, cuando me he dado cuenta de que la carcasa tiene una rajita justo donde apoyo la mano. ¡Nooooo! ¡Mi Macbook! ¡Mi niño!
¡Aaaaaaaaahhhhhhhhhhh!
¡¡¡Espero que la garantía me lo cubra!!!
PD: Atentos a Diario Latigazo, que en los próximos días habrá una sorpresita…
Actualización, 01/10/08, 12:30: Como sé lo mucho que estáis sufriendo por mí y por mi chiquitín, y que varios habéis pasado la noche sin dormir por este motivo, quiero calmar a las masas. Acabo de hablar con los del seguro y me han comunicado que la rajita se debe a los imanes que tiene el Mac para cerrarse, que están teniendo bastantes problemas con esto y que me cambiarán la pieza sin coste alguno. Sí, sé que agradecerán esta aclaración, porque podrán volver a respirar de nuevo. Es en estas situaciones, cuando uno se da cuenta de lo que es realmente importante en la vida… Jijijiji.
Actualización 2: ¡Mierda! Ayer estuve toquetando mi servidor y borré sin querer la cabecera… ¡Volverá!
Cuando salía ayer del trabajo, empezó a sonar en mi Ipod esta canción, que ni sabía que tenía.
Justo comenzó el estribillo cuando iba por el paso de peatones y, de repente, todo se volvió a cámara lenta y enormes llamaradas de fuego surgieron a mi paso. Los coches de uno y otro lado explotaron y la gente empezó a gritar. Todo a cámara lenta, menos yo.
Me detuve y alcé mis manos. De las palmas, salieron dos nuevas llamaradas y mientras gritaba al cielo, destrocé todo lo que había a mi alrededor…
El toro es un animal noble. Embiste de frente, se ve venir. Es elegante y fuerte. Y a la vez, fácil de manejar. Pero no hay que subestimarlo nunca.
Con sólo un capote y su astucia, el torero es capaz de llevarlo por donde quiere y sólo una vez que tiene el capote lejos de su cara, el toro se da cuenta de que ha sido engañado. No en vano, el torero tiene algo realmente valioso: información. Sabe lo que hará el toro, sabe que tiene el poder.
Pero el toro, aunque noble, es inteligente. Y va aprendiendo capotazo a capotazo, banderilla a banderilla… Y en ocasiones, a pesar de que su naturaleza le indica que tiene que ir de frente, cambia su rumbo en busca de una cornada mortal, que acabe con la agonía que sufre.
Es entonces cuando ni siquiera el respeto por su contrincante sirve para frenarle. Ahora ya sabe las reglas del juego. Ahora ya dejó de ir frente. Ahora él también sabe defenderse.
Esta mañana, mientras nos comíamos unos crepes preparados por un servidor, tuve la genial idea de preguntarle a Ana María: “¿Qué te apetece hacer hoy?” A lo que recibí la respuesta de: “Ir a Segovia a escuchar una conferencia de Vargas Llosa”. Ante la promesa de que allí iba a encontrar un maravilloso novio parisino, me convenció para ir. Y nada, a correr que nos fuimos a Nuevos Ministerios para coger el Cercanías.
Cuando llegamos, faltaba un minuto para que saliera nuestro tren, así que una chica de seguridad que había nos dijo que no habría problema en que sacaramos el billete en la estación de destino. Eso hicimos. Nuestra sorpresa fue cuando el revisor del tren nos dijo que eso no era posible y que o pagábamos lo que cuesta un billete multiplicado por cinco (en total, unos 25 euros) o nos bajábamos en Villalba de la Sierra.
Nos propuso que si eramos tan rápidos como para bajarnos, comprar billetes hasta Segovia y volver a montar, no pasaría nada. Teníamos en teoría cuatro minutos, pero no habían pasado ni treinta segundos cuando el tren ya se iba. Y claro, en Villalba que nos quedamos.
Salimos de la estación y no había absolutamente nadie por el pueblo. Decidimos que era mejor irnos a El Escorial. Antes pasamos por un bar para comprar agua. Al entrar, debía de haber como treinta personas todas colombianas que nos miraron en plan: “¿Qué hacen aquí estos inmigrantes?”.
Ya en El Escorial, vimos el pueblo en menos de media hora y nos fuimos a comer. Cayeron unos callos con garbanzos y una crema de limón que me comí por vergüenza a que el camarero nos reprimiera, otra vez, por no comérnoslo todo.
Estoy francamente cansado, pero como no ha habido opción de novio londinense, en un rato empiezao a arreglarme, que esta noche tengo cena en casa de alguien que conocí el viernes en El Polana. La noche se presenta interesante, aunque viendo como me ha ido el día, seguramente el tipo resulte ser uno de los lagartos de V. Llevaré mi pistola y mi bolsita de polvo rojo por si acaso.
Esta noche me he quedado en casa. Ayer salí. Mucho alcohol. Muy buena compañía. Surrealismo y desconcierto. Y a las 7 de la mañana en casa. Me desperté apenas a las 11 y tras pelearme con el calentador, pude darme una ducha.
Ana María y yo habíamos quedado con CJ y su chico para comer en un restaurante colombiano. Nos comimos una arepa exquisita y enorme. Ni siquiera he cenado… Tengo pesadez de estómago, aunque volvería a comerme una igualita. Pero otro día.
Tenía un sueño atroz. Vine a casa a dormir una horita y así estar fuerte para conocer a Peibols. Cita a las 19.30 horas en la Plaza de Chueca. Peibols y yo nos comentamos en los blogs desde hace años y ahora hemos coincidido en AmbienteG. Aprovechando que estaba de visita por Madrid, hemos pasado una tarde de cervezas. Muy majo, sí señor. Y sin ningún “si eso…”.
Luego tuve que venir al piso porque Ana María estaba sin llaves y decidí no salir, aunque ya había quedado con Ramón. La pereza me asaltó. La pereza y que no puedo permitirme mucho más gasto de dinero. Que llevo unas semanas…
Así que me he metido en la camita con mi almohada y a ver unos capítulos de Ally McBeal.
Me acostumbré a tenerle entre mis brazos, a besarle a cada rato, a decirle te quiero, a sus llamadas, a sus palabras y a rozar mis pies fríos con los suyos cálidos en mitad de la noche.
Me acostumbré a mis dudas, a sus mentiras, a mis lágrimas, a las suyas, a tener el corazón en un puño y a llegar hasta el final.
Me acostumbré a su ausencia, a guardar los “te quieros” en una caja, a olvidarle, a no recordar lo suave de su piel, al desprecio y a la soledad de las sábanas gélidas.
Me acostumbré a llorar su adiós definitivo que nunca llegó, a no buscar más porqués, a digerir los recuerdos, a sentir el cariño perdido, a quejarme a diario y a no hacerme más daño.
Me acostumbré a ver el vaso medio lleno, a tener esperanza de nuevo, a ignorar la tristeza, a sonreir a cada rato, a ser consciente de lo bien que me va y a pelear por lo que quiero.
Me acostumbré. Pude hacerlo todo en dos años y medio. ¿Por qué crees que tú no podrías? Total, es cuestión de costumbre.
PD: Esta canción me da una energía… Eso sí, la serie más mala no puede ser.
Ya estoy metido en la cama, con el portátil encima, actualizando el blog. Ha sido un día interesante, se podría decir. En teoría, tenía que haber recogido el sobre de matrícula en la Escuela de Idiomas, pero cuando he llegado, lo había mirado mal y estoy en lista de espera.
Podría decir que me jode no tener plaza segura, pero la verdad es que me ha dado bastante alegría. Estudiar inglés no es lo que quería, es lo que debía. Pero no soy yo quien lo ha rechazado, son ellos los que me rechazan a mí, así que voy a poder hacer el taller de novela que tanto me apetece. Hay que ver la parte positiva, ¿no? “Y dejarse fluir por la vida”, me dijo Ana María.
Además, justo cuando llegué a casa después de pasarme por la Escuela de Idiomas, recibí un e-mail del taller de escritura diciéndome que aún había plazas libres. El destino me llama, me temo…
Como colofón al día, ya he encontrado a mis dos nuevos compañeros de piso y me han hablado de un proyecto laboral a medio-largo plazo que puede ser realmente interesante.
Es la historia de siempre, la del “cómo quieres que te quiera si el que quiero que me quiera no me quiere como quiero que me quiera”. Esa en la que tú me miras, pero yo tengo el corazón tan roto que no puedo mirarte. Ni quiero. Ni siquiera me apetece.
Y esa historia se repite una y otra vez, hasta que el azar, cuando uno menos se lo espera, hace que al tiempo que las miradas se cruzan algo estalle en el interior.
Y sabes, ¿cómo quieres que te quiera si el que quiero que me quiera no me quiere como quiero que me quiera? Y tú no tienes respuesta. Yo tampoco. Porque a lo mejor estaría bien quererte. O intentarlo al menos. Pero lo siento, es que no me nace quedar contigo, ni siquiera por compromiso…
Los viernes entro a las 8 a trabajar, pero casi nunca nadie llega a esa hora. Suelo ser el primero. No es por amor a la empresa, lo mío es puro egoísmo. Simplemente, quiero irme a las tres en punto por la puerta sin que nadie pueda decirme nada.
Tengo sueño. Ayer fui al teatro con Skype a ver ‘Los 39 Escalones’. Penosa. Ni siquiera aplaudimos. Lo curioso es que la gente se reía. Y nosotros allí en medio, que ni nos inmutamos. “Será que somos andaluces y tenemos otro tipo de humor…”, me dijo Skype con escepticismo.
Luego nos fuimos a cenar con Ana María, a un bar de Fuencarral capaz de aunar un entorno pijo con el mejor pincho de tortilla del mundo y nos hicimos fotos naranjas.
Esta mañana con todo el sueño que llevaba en lo alto, me puse a caminar por la mediana que hay en la calle de mi trabajo, esquivando los árboles y con los coches en ambos sentidos. En el Ipod, la que se casó con el piloto de Fórmula Uno cantaba una canción que hablaba de que me faltas tú, “la misma rutina de siempre esperándote, cada viernes otra vez”.
Y como una bofetada, me llegó el olor del perfume que me puse esta mañana, que es como si coges un puñado de granos de café y te los restriegas por el cuello con muy mala leche. Quien me mandaría no oler la muestra gratuita que me dieron el otro día…