Fin de semana en familia. Mi madre me dijo que tengo mejor cara que las últimas veces que he ido. “¿Has conocido ya ha alguien?”, me pregunta. Como si eso fuera la garantía de ser feliz. De ella heredé mi asqueroso romanticismo.
También tuve una conversación con mi hermana que me dejó con la sangre helada. Que apueste por la lógica. En eso se resume. Pero la lógica es una puta que se impone a las ilusiones y que evita el riesgo. Y no sé si compensa.
En mi cuarto, bajo el edredón, con la luz apagada y los pies fríos, pienso en mi mejor cara y en la lógica. Pienso y pienso. Pienso demasiado. Cuando está claro que pensar es lo peor del mundo.
Y es que ya se sabe, ocho de cada diez maricones recomiendan no pensar. Debo de ser uno de los otros dos.
Corría en la cinta y miraba por el espejo cómo Michel Brown hacía pesas, cuando empezó a sonar esta cancion en mi Ipod. Y con la canción, me vino a la mente la escena de la película. Se trata de ‘Grandes Esperanzas‘, una de mis favoritas. Casi me la sé de memoria.
Recordé la arrogancia de Stella y la ingenuidad de Finn, y el juego al que ella le somete. Y la esperanza, grande sin duda, que él tiene a lo largo de toda la trama.
Cuando empezó el estribillo, subí al máximo la velocidad de la cinta y eché a correr a toda prisa, esperando encontrar un taxi en el que montarme y poder preguntar aquello de “¿Qué se siente cuando no se siente nada?”.
Pero ya no sé si mis esperanzas son grandes y me empezó a faltar el aire y una gota de sudor me entró en el ojo. La canción terminó y bajé la velocidad y no había taxi, ni tampoco nadie a quien preguntar. Sólo estaba yo, con la respiración entrecortada y chorreando de sudor, víctima de mi propia mirada llena de rabia frente al espejo.
Michel Brown seguía allí, pero es probable que él sí sienta algo. O a lo mejor tampoco. Quién sabe…
Taxi con destino al polvo de una noche. Últimamente estoy en racha. No sé ni qué hora es. La madrugada se me ha pasado volando. Mi acompañante duerme. Yo me esfuerzo por no hacerlo.
En el límite entre la consciencia y la borrachera recuerdo su llamada. Después de más de tres años, alguien del pasado regresa para saber de mí. Siempre pensé que cuando volviera a escuchar su voz me daría un vuelco el estómago. Pero no. Ni frío ni calor. Hasta me ha costado reconocerle el acento. Varios “¿qué tal te ha ido este tiempo?” y un “me gustaría que retomáramos el contacto”.
También pienso en una conversación de la noche referente a otro alguien del pasado. No tan pasado, pero pasado al fin y al cabo. “Me preguntó si lo que trataba de hacer era joder lo vuestro”, me dice un amigo. ¿Lo nuestro? ¿Había un “lo nuestro”? Ni el ron ni el tequila me ayudan a entender. Será que, en realidad, no hay nada que entender… Me da rabia. Él me da mucha rabia.
Me duelen los pies. Llevo dos días seguidos con las botas. Parece que ha llovido mientras estaba en El Polana. Huelo a tabaco. He bailado sevillanas. Siento que que mi acompañante me coge de la mano. Se acerca para besarme. Me gusta como lo hace. Hemos llegado a su casa. Diez euros de carrera.
Y aquí está la sorpresa a la que me refería hace unos días. No se trata del cambio de colores del diseño, sino de la nueva cabecera con la ilustración que Ismael Álvarez ha hecho de El Castigador. Un trabajo impresionante. Mi niño es todo un artista. Sobre todo, porque ha conseguido sacar una replica exacta de mi cuerpo…
En cuanto al resto del diseño, es provisional. Los colores no me convencen demasiado, sobre todo el violeta. Así que es muy probable que lo cambie en los próximos días.
También es muy posible que cambie la temática de las fotos. El Castigador que empezó el blog hace cuatro años no es el mismo de ahora y, como ya había dicho en alguna ocasión, cada vez me apetece menos poner modelazos… Ya se irá viendo.
Hoy voy a destiempo. Llegué a casa a las 12 de la mañana. Sí, pasé la noche en cama ajena. He desayunado a la 1 y comido a las 6 de la tarde. Ahora son las 9 de la noche y no tengo hambre alguna.
Tenía pensado hacer muchas cosas hoy. Por eso, anoche sólo me bebí una copa. Para desfasar ya estuvo el viernes, que conocí a la madrina de una de las hijas de Cachuli, comadre de Mayte Zaldívar y enemiga a muerte de la Pantoja. Pero hoy, finalmente, sólo he puesto dos lavadoras y mi cuarto sigue igual de desordenado.
También llevo un par de horas dándole vueltas a los cuatro folios que llevo escritos de la novela. Y no me gustan nada. Supongo que es normal. Mañana los tendré que leer en el taller y estoy literalmente acojonado.
Ayer pude comprobar lo grande que es Pitingo en directo. Subidón de optimismo. Merece mucho la pena ir a verlo. Consigue que te levantes de la silla para bailar las veces que a él le da la gana.
Después chaparrón. Dos paraguas para seis. Y hoy, rezándole a San Frenadol para no rescatar el resfriado…
Acabo de llegar al piso desde que esta mañana salí para trabajar. Por la tarde, estuve de tiendas con Ramón. Me he comprado unos zapatos para la boda que tengo en diciembre y una caja de Frenadol, que deberían de empezar a vender por cartones, como el tabaco. Luego se unió a nosotros su chico, David, para cenar los tres. Me he metido una pizza barbacoa entre pecho y espalda que ha terminado de curarme el resfriado.
Como mañana entro a las 8 a la oficina, he decidido ducharme ahora. A veces, me entro el portátil al cuarto de baño para ponerme musiquita y no cantar a solas. No hay muchas opciones donde colocarlo, así que encima de la tapa del váter, bajada por supuesto, suele ser la mejor de ellas.
Pensaba en la novela mientras me iba desnudando. Me quité la camiseta. También los pantalones. Y cuando me estaba bajando los calzoncillos, pensé en un buen comienzo para el primer capítulo. Rápidamente me fui al ordenador, abrí el Word, y arrodillado ante el váter y con los calzoncillos por la mitad de las piernas, me puse a escribir…
Creo que ya puedo decir con total autoridad que estoy escribiendo una novela. Si veis una escena similar en la próxima de Almodóvar, ya sabéis de donde sacó la idea.
Con una sola pregunta, mi querídisimo Dan hizo que me planteara muchas cosas. ¿Madrid es tu sitio?, me dijo. Y aunque de primeras me salió un sí, no era un sí convencido.
Madrid me gusta mucho. Vivo bien aquí. Pero siento que me falta algo. Y no, ese algo no es una pareja. Es una sensación de querer algo más. Algo así como “después de todo esto, ¿qué?”.
Tengo claro que no es el momento de cambiar de ciudad, sobre todo económicamente, pero a ratos tengo fuertes ganas de marcharme a Londres, París, Roma quizás…
Quizás simplemente sería una cuestión de liarme la manta a la cabeza. Pero de momento, la manta se queda en el cajón.
A veces, sólo a veces, cuando caminas a mi lado y me coges de la mano, me dan ganas de agarrarte fuerte de la cara y, mirándote a los ojos, preguntarte si realmente me quieres. Me gustaría meterme dentro tu boca, retorcerme por el esófago en busca de lo que realmente hay en tu corazón y confirmar que soy para ti el único, el primero y el que más.
Pero en vez de eso, prefiero callarme y seguir cogido de tu mano, caminando en silencio. Porque en realidad, no sería capaz de afrontar esa verdad que ocultas y que, en el fondo, yo ya sé desde hace tiempo.
Siempre he pensado que querer no es suficiente. ¿Quizás esté equivocado?