Tengo 800 y pico amigos. Eso dice Facebook. Pero Facebook utiliza esa palabra con demasiada ligereza.
Ya se sabe: amigos pocos, conocidos muchos. Y Facebook dice que tengo 800 y pico. Y a mí me da la risa…
El señor que está detrás de Facebook, cuyo nombre no sé ni me importa, debería dejar diferenciar amigos de conocidos, de amantes, de alguien a quien pude amar, de esos a los que me gustaría haberlo hecho, de los polvos de una noche, de los compañeros de trabajo, de aquellos con los que nunca he hablado, de los que me gustaría conocer, de los que añadí porque están muy buenos, de los que pienso borrar, de ti, de mí… Dejarlo todo en “amigos” es igualar demasiado.
Tres amigos de Facebook y uno que aún no lo era me han dicho que el sábado me vieron enganchado al cuello de uno que me sacaba dos cabezas. Y me siento un poco como Rociíto antes de retirarse de los medios. Quizás eso debería hacer yo. Con Facebook. Con el blog. Con la vida. Reservar de nuevo todos mis pensamientos, fotos, momentos y amigos a mi ámbito privado. Ése donde nadie puede hacerme daño. Ése donde sólo entra quien yo quiero. Ése que sólo descubre quien realmente me quiere y es especial. Ése donde un tipo que me saca dos cabezas se agacha para besarme a las 7 de la mañana en plena calle y a todo el mundo se la suda.
No tengo 800 y pico amigos ni de coña. Con los que tengo de verdad ya es suficiente. Es mejor el cariño real de esos pocos de carne y hueso…
Déjame al menos hoy que me acerque hasta tu oído para susurrarte feliz cumpleaños. No te aseguro que no me quede allí unos segundos para volver a aspirar el olor de tu cuello y rozarte la mejilla con mi barba.
Llevo varios días entristeciéndome sin motivo. Aunque más que triste, la palabra que me define es raro. Anoche, después de apagar la luz, la almohada me dijo el porqué. Ella sí que es lista. No se le escapa una…
Felicidades, pues. Como si sirviera de algo. Como si fuera posible que fueras feliz. Como si hoy pudieras cumplir 28. Como si siguieras en mi vida…
El domingo, limpiando mi cuarto, encontrá un papel medio arrugado con unas frases escritas a lápiz. Era un poema. Mientras bebía margaritas con mis compañeros de trabajo después de la comida de Navidad, una mujer de mediana edad se nos acercó pidiendo. Si le dabas una moneda, te entregaba un papel con un poema escrito. No sé porqué, le di un euro, y a cambio, con una letra que no puedo descifrar del todo, recibí lo siguiente:
Mucho hay que andar Andar cuesta arriba Subiendo, bajando Por toda clase de caminos Avanzando paso tras paso Siguiendo al corazón Incluso cuando no lo oyes Oyendo las estrellas Nadando contracorriente
De la firma sólo consigo distinguir el nombre de María.
Se trata de un poema acróstico. Así que si leéis en vertical la primera letra de cada verso encontraréis una frase oculta.
Me gustaría pensar que este poema llegó a mis manos por un motivo. Que aquella señora sabe qué tiene que darle a cada quien. Y que quizás, a mi vida, lo único que le falta para estar plena sea eso… Vivirla con más pasión.
Coger cuatro rebanadas de pan de pan de molde. Sólo tengo integral.
Meterlas en al horno con unas lonchas de queso para que se calienten. Igual meto también las manos, que las tengo heladas.
Mientras el pan se tuesta, poner en el fuego una sartén con muy poco aceite. Como el de Jaén, ninguno.
Echar dos lonchas de lomo adobado. Pondré la tapadera, que no quiero que salpique.
En otra sartén, calentar aceite abundante y echar dos huevos para freirlos. Los huevos que no falten nunca.
Una vez caliente el pan con el queso y fuera del horno, colocar lonchas de jamón serrano y rúcula. Me encanta lo verde y lo amargo. Y el jamón.
Poner también el lomo adobado y los huevos fritos. Esto huele que alimenta.
Antes de poner la tapadera del sandwich, hacer unos agujeros para que la yema del huevo asome. Siempre jodo el pan con los agujeritos…
Comer con cuidado porque la yema suele chorrear. Sin duda, lo más rico.
Si usted está soltero, felicidades, podrá comerse los dos sandwiches sin tener que compartir. ¡Bingo! Aunque si alguien quiere, que hable ahora o calle para siempre…
Nota del editor: La fotografía, made in Palabrerío, es sólo orientativa.
Después de muchos años, esta mañana, cuando iba en el metro, me vino a la nariz el olor del primer hombre con el que me acosté.
Es curioso, porque por mucho que me esfuerzo, no recuerdo su cara. Tampoco su nombre.
Sí recuerdo que fue algo rápido, que sus besos no terminaban de gustarme, que la tenía pequeña y demasiado pelo en el pecho. También recuerdo que salí corriendo, que me puse la camiseta del revés y que estuve más tiempo del necesario debajo de la ducha.
A veces me siento en un escalón a esperar y, aunque no llega a la hora acordada, allí me quedo. Esperando. Ojeando mi reloj de muñeca. Contando los tics y los tacs del segundero.
Y entonces no me sirven de nada los sobresalientes, ni tener un master, ni siquiera aquel coeficiente que salió en un test de aptitud. No sirven de nada.
Porque aunque yo sé que estoy solo con los tics y los tacs, me niego a perder la esperanza y volteo la cabeza una y otra vez buscando su figura por lo bajo de la calle.
Estos días he aprendido que es mejor matar que morir. Me pregunto si me estaré dejando morir sentado en el escalón… Porque ya sé que no viene, aunque yo me haga el despistado y parezca que no me entero.
Y pienso en luchar. Y pienso en irme de puntillas, como tantas otras veces. Y pienso, simplemente, en cagarme en el escalón…
He pensado que, cualquier noche de estas, me deslizaré entre tus piernas y tus brazos sin que te des cuenta para que, cuando te despiertes, abrazarme ya forme parte de tu rutina diaria. Así, con los primeros toques del despertador, me besarás en el cuello de forma instintiva y me pedirás que me quede a vivir allí para siempre, entre tus piernas y tus brazos, y debajo del edredón que te cubre…