El tendero cogió unas tijeras y cortó medio metro de cuerda. Medio metro. Tal y como le había pedido.
Cuando salí a la calle até un extremo a mi tobillo izquierdo. La otra punta la amarré a una farola. Cerré los ojos y dejé que el viento me elevara.
Medio metro. Eso es lo que me voy a permitir volar a partir de ahora. Medio metro. Esa es la distancia que me mantendrá en el hoy. Medio metro. Se acabó viajar en el tiempo: ni hacia delante, ni hacia detrás. Medio metro. Es sólo lo que necesito.
Es a eso de las cinco de la tarde cuando, casi a diario, noto un nudo en el estómago que me va subiendo por el esternón hasta instalarse en la garganta.
Al rato, el nudo se deshace y se escapa por la boca, la nariz y los oídos, cubriéndome la cara con una niebla gris marengo.
Es a eso de las cinco de la tarde cuando los mejores textos se me escapan de los dedos a golpe de teclado. Supongo que a esa hora sería capaz de echar los mejores polvos. O de dar los mejores besos. O de recibir los mejores abrazos.
Pero no. Sólo escribo. Escribo o me quedo quieto. Tan quieto como puedo, procurando no pensar en los polvos, guardandome los besos y esquivando los abrazos.
Quieto. Tan quieto como puedo. Tan quieto como un ficus. A eso de las cinco de la tarde.