Ya ha caído otro más.
Y van 29.
Pero oye que yo me veo hasta mejor conforme pasa el tiempo.
Así que bien.
Me han felicitado mucho.
Y me han deseado muchas cosas buenas.
Me duelen los dedos de tanto escribir “gracias”.
También me han dicho que lo celebre.
Pero esta noche prefiero estar solo.
Conmigo.
Pensando en mis cosas.
Feliz.
Estar solo no significa estar mal.
Tampoco estar acompañado significa estar bien.
Y yo esta noche quiero estar conmigo.
Haciendo lo que me apetezca.
Que para eso es mi día.
Ya habrá días para celebrarlo.
Porque pienso hacerlo.
Claro que sí.
Aunque ya lo hice con la familia.
Ahora falta con los amigos.
En fin.
Lo dicho.
Una vez más.
Gracias.
A todos.
Muchas gracias.
Aún con los créditos en marcha, abro el procesador de texto. Casi no veo. Los cristales de las gafas de sol están empañados. Menos mal que son grandes y me tapan la mitad de la cara. Acabo de ver “Antes del atardecer”. La tenía pendiente desde hacía algunos años. En concreto, desde que ví “Antes del amanecer” y no terminó de convencerme. Y en realidad no sé porqué no me convenció en su momento. Supongo que tenía otras cosas en la cabeza. Cosas que no tenía ahora. O al revés.
El caso es que en menos de cuatro días he visto ambas películas. Y me han convencido las dos. Tanto, que podría haberme pasado horas y horas viendo a Ethan Hawke y Julie Delpy conversando por Viena y por París.
En algún momento de la película –de mí película- se me olvidó qué es lo que quería. Tanto ambiente, tanta Chueca, tantas salivas empañadas con alcohol… Tanto buscar por los rincones. Fue un poco de todo, pero hizo que olvidara.
En algún momento se me olvidó que no hay que buscar, que lo bueno simplemente se encuentra en mitad de una conversación en la que la noción del tiempo se pierde, en mitad de un paseo en el que no te importan las rozaduras y en mitad de una despedida en la que no puedes decir adiós.
Se me olvidó y me alegro de haberlo entendido de nuevo. Porque mientras hay aire entrando en los pulmones, hay posibilidad de que en cualquier lugar y ante cualquier persona duelan las comisuras de tanto sonreír. La clave no es buscar. La clave es seguir viviendo. Y yo estoy muy vivo.
También yo habría perdido ese avión. Lo tengo muy claro. O lo que hubiese hecho falta.
Estábamos esta mañana en Mercadona cuando mi madre y mi hermana se han encontrado con unas amigas de la familia. De entrada, me hecho el loco -que no la loca- y me he puesto a mirar la amplia gama, a la par que variada y de calidad, de productos de limpieza de la marca valenciana (si algún Community Manager de Mercadona lee esto, sí, acepto publicidad).
Total, que estaba entre las toallitas para el W.C. y los quitagrasas, cuando he escuchado eso de “Ooooh… ¿ese es tu hijo?”, así que no he tenido más remedio que sacar los dientes en plan sonrisa no-fingida y acercarme a repartir besos.
Luego ha venido lo de “¡qué grande!”, “¡qué guapo!”, “¡qué ojazos!”, “¡qué polvazo!” -vale, no se han emocionado tanto al verme…- y yo venga a sonreír, mientras pensaba: “como digáis algo de mi falta de pelo en la cabeza, os tragáis todo el estante de plumeros”.
Pero no, no han dicho nada de mi alopecia… Lo que han dicho ha sido: “¿Y ya te has casado?”. Joder, eso sí que no me lo esperaba… Hacía tantos, tantos, tantos años que no me lo preguntaban, que me han dejado fuera de combate. Porque claro, se referían a casarme con una mujer, que estas de mariconeo no saben nada.
Se me han debido de pasar como veinte posibles respuestas en medio segundo, pero al final me he limitado a un educado “no” sonriente. “¡Pues vivirás en la gloria!”, me ha dicho una de ellas.
Y eso solo tenía una respuesta posible: “No lo sabes tu bien, bonica, no lo sabes tu bien…”.
No soy yo muy de tomar café, pero después de ver este anuncio me voy a aficionar bastante más.
Se trata de la campaña para el shakerato de Lavazza que, si en vuestra casa solo habéis visto el Marcilla de toda la vida, imagino que os sonará de poco. En cualquier caso, el señor cafetero del anuncio merece bastante la pena.
No sé qué tiene el mes de junio, que me encanta. Bueno, miento, sí que lo sé…
Durante muchos años fue el mes en el que ya no había cole por la tarde, en el que empezaban las vacaciones de verano, en el que se sacaban los pantalones cortos del armario, en el que se acababa la alergia, en el que se empezaba a dormir con la ventana abierta y en el que llegaba mi cumpleaños.
Ahora, con la edad adulta y el cambio climático, trabajo por la tarde hasta final de mes, no tengo vacaciones hasta que mi jefa lo disponga, no puedo llevar pantalones cortos a trabajar, la alergia llega hasta mediados de mes, tengo la ventana cerrada a cal y canto y mi cumpleaños… Mi cumpleaños sigue llegando.
A pesar de los cambios, junio todavía me encanta. Mucho. Será que al final lo único que me gusta es mi cumpleaños y sentirme especial ese día y que todo el mundo me llame y que me hagan regalos y que me deseen cosas buenas.
Así que venga, a ponerse las pilas y a ser originales… ¡que este año tengo el egocentrismo por las nubes!